Llegué a la Supervisión de la mano de una amiga.
Para ella todo mi agradecimiento porque mi vida desde entonces ha cambiado de forma tan sustancial que puedo decir sin rodeos que soy mucho más feliz.
Al principio me parecía sospechoso. Supervisora me sonaba a una mujer que revisa a otros y mucho. Soy maestra de escuela, en mi trabajo era fácil asociarlo con una inspección. Le escuchaba términos como: escucha, aclararme, devolución, confrontación y ya me parecía distinto si bien no terminaba de entender sobre todo porque no creía que tuviera que ver conmigo ni con lo que me pasaba.
Y lo que me pasaba, pasa muy a menudo. Llevo 30 años viéndolo y sufriéndolo:
• No me gusta que un compañero me diga lo que tengo que hacer y cómo hacerlo.
• Trato de imponer mis propuestas y boicoteo si no salen.
• Me enfrento a mis compañeros y les critico en el pasillo.
• Yo tengo mi propia idea de Escuela.
• Me molesta la burocracia y me enfrento al equipo directivo
• Me resisto a los cambios.
• Abordo la reflexión de mi práctica con actitud de saberlo todo.
• Pienso que la culpa de mis fracasos es de otros.
Me desanimo cuando las cosas no van como quiero.
Al final resulta que el trabajo se convierte en una constante fuente de conflictos que da como resultado una gran insatisfacción y un serio desánimo, un camino que conduce a la depresión tal y como muestra la realidad con sus terribles estadísticas.
Partiendo de mis experiencias y vivencias con una reflexión y un modo nuevo de hacerles frente, la supervisión me ha permitido saber:
Cuánto de lo que me pasa es mío y sólo mío, me ha permitido conectar con mis miedos, conocer las limitaciones (mías y ajenas) y trabajar a partir de ellas sin querer cambiar nada que no sea mi propia actitud que, por cierto, es lo único que está en mi mano cambiar.
Me ha posibilitado parar, separarme de los conflictos, vivirlos con un cierto distanciamiento en contraposición con la obsesión y el darles vueltas. Me ha permitido escucharme, descubrir PARA QUÉ hago las cosas que hago, es decir, tomar conciencia de mi misma..
Y desde ese cambio interior la perspectiva cambia, el quehacer diario es más satisfactorio, las relaciones mejoran, soy más eficiente, me siento a gusto con lo que hago. Mi energía se dirige adonde verdaderamente importa: los chavales.
A.G.N: Maestra en Educación